martes, 4 de enero de 2011

Perfil Profesional


Comunicadora Social-Periodista. Ha sido asesora en comunicaciones en entidades como las Secretarías Distritales de Desarrollo Económico, de Integración Social e Instituto para la Economía Social. Especialista en el desarrollo de estrategias encaminadas a destacar la comunicación para el desarrollo. En la Secretaría Distrital de Movilidad fue líder en las comunicaciones internas.

En el campo del periodismo se destaca su paso por la radio, la prensa y la televisión. Se ha desempeñado como productora, reportera, editora y redactora. Prestó sus servicios en Radio Caracol, Radionet y Súper; además, en el diario El Tiempo y El Nuevo Siglo y como docente en la Pontificia Universidad Javeriana y en la Universidad del Tolima.

viernes, 13 de junio de 2008

CENTINELA

El zumbido de las palabras acecha, vigila, no da libertad, todo lo convierte en un caos narrativo; escribir, escribir, sí, escribir es la mejor manera para huir de esta sensación que acorrala. Escribiendo empuño el temor de ver mis pensamientos, mis manos, mi cuerpo, mi recuerdo del hoy, del ayer, de siempre, escribiendo mezclo letras y tintas que se convierten en una sarta de páginas que con magia, se alimentan de esos zumbidos que dan formas, color y vida a ese Zumbe inundado de diálogos, de gestos y miradas, de lugares y paisajes, de sabores y olores. 

Allí todo se confabula para hacer nacer en medio de este caos la libertad de Zumbe, ese que se esconde mi palabras, que no quiere dejarse ver en mi pensamiento, o desde mi piel, en nuestra tierra, en mis colores y que al final se refugia en la selva, en el metal, o en lo más íntimo de mi er.

Fragmento Centinela
Uno
Una ráfaga de disparos detuvo nuestra marcha. Certero fue el sonido, se comió su eco. Llegó el silencio, espantaba; era tan profundo y negro que hirió de muerte mis pensamientos. La siguiente ráfaga me sorprendió tirada sobre el pasto y fue ahí cuando el horror me hizo sentir que entre mi piel y mi esqueleto se desplazaba una colmena de enloquecidas avispas. Mi cuerpo brincaba. Quise mirar pero mis ojos desobedecieron.

Otra vez el silencio y de nuevo ese grito de las armas pulsando mí cuerpo, haciéndolo doler. Rogué para que la tierra se abriera y que al tragarme salvara mi vida de ese momento horrendo. No se abrió pero desprendió un alarido para decirme que a veces la vida nos pone frente a la muerte. Aullé y no pude escucharme. Solo al advertir mi mudez fui capaz de girar la cabeza y confirmar mi realidad. Descubrí que a ustedes también les brincaba la piel y que desde ahí nadie debía hacer un disparo. Yo no entendía quién disparaba, a quién se atacaba o de dónde salían las balas; las personas que acompañaba también me asustaban. Es que todo en ellas estallaba así como mi cuerpo; sus fosas nasales se hinchaban y hasta temblaban. Las armas de estos hombres y mujeres empezaron a respirar y en los gatillos sus índices fueron presa de un temblor que adelantó mi tiempo: los vi desocupar la vida con la munición de sus fusiles. Vivíamos el mismo infierno.

INTRODUCCIÓN

Centinela es un despertar, es dejarse llevar por el amor, por el odio y por la misma muerte. Es una narración sobre el conflicto armado en el campo colombiano, esta historia y su testimonio trata de explicar por qué hay narraciones que invitan al dialogo y a la reflexión.

Es una invitación a abrir sus ojos y a despertar sus oídos para que conozcan, un poco más, de un camino que enamora, de un ampo colombiano que se niega a ser arrasado por la guerra.

Objetivo

Narrar historias que inviten al diálogo y a la reflexión sobre el conflicto armado en el campo colombiano.

LA GÉNESIS

Buscar unas historias que narraran lo que se esconde en el campo, lo que se escribe con cada rasguño que se le roba a la vida y que además fueran noticia por originarse en el conflicto armado colombiano, era una necesidad para una periodista que jugó como testigo en el transcurrir político y social de su país en una década en la que la desesperanza dejó en cada camino una seña del paso sangriento de los grupos ilegales que se alzaron en armas por distintos motivos.

Esas crónicas dieron vida a un proyecto de novela que requirió de un trabajo previo de investigación que empezó con la visita a una vereda en Cundinamarca, hogar de un grupo de personas que llegó allí huyendo de la violencia en sus lugares de origen en 1948 en la conocida Época de la Violencia.


Así empezaron las primeras pinceladas de Zumbe, la historia de un puñado de hombres y mujeres que se negó a huir de un lugar escondido en el mapa de Colombia, donde un día sembraron sus vidas y donde con el pasar del tiempo aprendieron a vivir la guerra, esa que les enseñó a ‘comer callado’ y a esconder sus muertos.

MI META

En ese propósito me encontré nuevos dolores: el asesinato de Jaime Garzón, editorialista de Radionet el 13 de agosto de 1999, crimen ordenado por el jefe paramilitar Carlos Castaño. El secuestro en marzo de 2001 de uno de sus editorialistas del mismo medio, el maestro Guillermo Angulo, quien a sus 78 años fue hecho cautivo por el grupo guerrillero de las FARC.

Estas dos situaciones me hicieron preguntar: ¿Qué es lo que realmente lleva el país en su mente colectiva? Entonces comprendí que la sociedad colombina responde por impulsos pasionales y emocionales capaces de llevarla a los extremos del odio y del amor, del repudio y de la aceptación. Que esos impulsos son manipulados por quienes, en momentos coyunturales, de crisis o de crecimiento, manejan o tienen el poder. Un poder y una manipulación que se tejen a veces fuerte y a veces rápido desde los medios de comunicación como la radio, la televisión o la prensa escrita, desde la plaza pública y desde los rumores, porque lo que se requiere es mantenerla en el clímax y así tener a su favor a un país agobiado por la violencia y la sangre, la pobreza y el hambre.

2.1. Una apuesta

Fue en Radionet donde descubrí con llanto en mis ojos que Zumbe seguía latente, que no era solamente una vereda, que estaba en todos aquellos lugares del país donde la guerra y el Estado negaban al sujeto, negaban la ciudadanía y la desterraban en su propia tierra.

Descubrí que Zumbe era el abuelo secuestrado, el guerrillero que con sus balas, cilindros de gas y sus discursos en contra del establecimiento pensaba que hacía justicia y en cambio pintaba de luto a muchos hogares; que Zumbe era el paramilitar que con sus desaparecidos, masacres, y motosierras decía apoyar a un Estado democrático en su lucha contra la insurgencia, maltratando y persiguiendo a quienes consideraba militantes o auxiliadores de su enemigo o simplemente, dejaba fuera de su camino a quien se le interpusiera para evitar que su poder económico y político siguiera extendiéndose a lo largo y ancho del país e infiltrando los poderes del Estado.

Ese encontrar me obligó, en un acto de solidaridad solitaria, a marcar en mi almanaque de periodista aquellas fechas en las que las noticias hablaban de grandes masacres y éxodos campesinos; mi propósito era ponerle rostro y nombre a los que por fuerzas mayor, bloqueaban una vía, se tomaban un ministerio, una escuela, la sede de una Alcaldía o caían en las acciones criminales de los violentos.

LA NOVELA

¿Por qué una novela? Porque es la mejor manera de rendir homenaje a un pueblo maltratado, porque con ella le recuerdo al país que en el campo están unas manos laboriosas que pintan de verde las tierras en las que se producen los alimentos, que le dan vida a una ruralidad que también escribe la historia, que reinventan la cultura, que dan vida a la lengua. Porque con ella se reconocen unos héroes que tienen género, hombres y mujeres que esperan el nuevo día con la tranquilidad que da el saberse trabajador, honesto y satisfecho porque la jornada anterior terminó bien gracias al “favor de Dios”.

Porque con la novela se pone en alto los sueños y los cuentos que se cuentan a los nietos, mirando una luna campesina que trae cada noche el mensaje del descanso merecido.

¿Quién es la autora?

Soy hija de un risaraldense que nació en 1912, un hombre que de niño soportó los embates de la justicia porque sus padres se dedicaban al cultivo, entonces ilegal, de la hoja de tabaco. Mi abuelo había sido militar y murió odiando la guerra y amando lo que calificaba el ‘noble oficio de cuidar la tierra’. Mi abuela fue una indígena que sentía un deber el proteger a sus hijos, ser fiel a su marido, y estar siempre de la mano de su Dios.

Mi padre, Oscar Herrera Valencia, hombre inquieto y con gusto por la buena vida, esa que nunca pudo disfrutar pues los pesos que ganó los gastó en trago y en mujeres, huía del oficio que conlleva el cuidado del campo tal y como lo entendían sus viejos; entonces, en su incipiente juventud dejó su hogar y buscó abrigo en los resguardos de los aborígenes para aprender los conocimientos de los sabios, esos que le enseñaron los alivios que ofrecen al cuerpo y al espíritu las plantas medicinales. Este fue el inicio de un culebrero, según él un lector de la mente, un telépata; para otros un brujo y un estafador para la justicia.

Elvia Reyes López es el nombre de la mujer que me recibió con meses de nacida, pues mi progenitora por andar en los oficios de la guerra no tuvo tiempo para ser madre. Elvia es una campesina que cansada del maltrato familiar, un día, muy niña, escapó de la finca de sus padres en Cundinamarca, para nunca más volver. Ella y mi padre se conocieron en Armenia, Quindío; los dos hicieron seis hijos que cuidaron con lo que ganaba él vendiendo suerte, sueños y esperanza. para ella como para él, la palabra siempre fue sagrada.

Ese fue mi hogar hasta los once años, época en la que arruinado y comido por una tuberculosis murió el “Mago Oscar Dine”, dejando una prole al cuidado de una mujer desesperada por las deudas y perseguida por seis muchachitos hambrientos y desnudos.

Desde entonces me rebusqué la vida, trabajé en casas de familia como empleada doméstica, y un día, cuatro años después, me llegó el amor y con él un hombre que entendió mis ganas por conocer otras fronteras. Su apoyo fue definitivo para mí, que a los 16 años fui madre por primera vez. Acompañada por mis dos hijos regresé al estudio, terminé el bachillerato, hice mi universidad e incluso hasta participé en la política. Fue en este último periodo, ejerciendo el periodismo que empecé descubrir esa otra Colombia que en algunos de sus pedazos se parecía a la que yo había probado en mis días de niña y adolescente.



Dimensiones de los personajes

Como en la mayoría de las investigaciones periodísticas que nacen de un rumor que hay que comprobar o desmentir, el caso de Zumbe no fue distinto. La versión de que en Colombia existía una vereda donde sus habitantes morían de tos debía ser demostrada, por ello emprendí un viaje para visitar los hogares enfermos y entrevistar a sus integrantes.

Así se fue desenredando una historia cuyos capítulos se empezaron a escribir tras unos hechos que directa o indirectamente fueron dando cuenta de una estructura social, política, religiosa y cultural, que al ser narrada dio origen a unas dimensiones que tenían que ser miradas en su conjunto.

Esas dimensiones son: la íntima, permitió descubrir los sueños, las fobias, los anhelos, las frustraciones, los odios y los amores de los personajes; la social, descifró el entorno de los personajes, a quiénes llamaban o frecuentaban; con quiénes compartían, quiénes eran sus amigos, sus enemigos y su familia; y, la laboral, esta dimensión permitió saber cómo trabajaban, qué hacían esos personajes entrevistados en su vida cotidiana.

Este proceso que se inició con la definición de posibles fuentes, visitas a zonas determinadas, entrevistas y toma de fotografías fue tejiendo la trama de una novela que, a través de la experiencia de dos familias, da cuenta de una trama que narra la toma de las armas para llegar al poder como una decisión política que pinta de luto los corazones.

Tensiones de los personajes

Los procesos de investigación previos también dejaron claras unas tensiones en cada una de esas dimensiones, que se hicieron evidentes en los momentos coyunturales para definir los perfiles de los personajes que darían cuerpo a la estructura noticiosa de Zumbe muere de tos[1], como se llamó la primera crónica publicada sobre este tema.
[1] Separata El Tiempo Cundinamarca. Casa Editorial El Tiempo, sábado 16 de noviembre de 1995, pg. 20.

Exclusión

Resulta de la tensión que genera la negación de los derechos fundamentales en las dimensiones sociales y políticas y que se explica cuando el Estado no mira a todas las personas como sujetos de derechos. Esta ausencia de lo político era evidente en Zumbe.

Credibilidad

Es el resultado que genera las tensiones religiosas y culturales. En el arraigo campesino siempre está presente un ser supremo, aquel que pese a las dificultades, aún los mantiene con vida; una credibilidad producto de la fe en un Dios que da las fuerzas suficientes para seguir luchando.

Sobrevivencia

Esa tensión resulta de las dimensiones cultural y política. La cultura campesina pierde las esperanzas cada vez que asesinan a uno de sus representantes, no obstante, las ganas de vivir son superiores al abandono, al desempleo, a la exclusión. Son estas mismas desgracias las que los obliga a levantarse y seguir luchando.

Solo cuando se reúnen estas dimensiones en un personaje, se puede afirmar que el personaje está estéticamente construido y cuando se puede afirmar que un personaje está estéticamente construido, entonces, se ha logrado un personaje perfectamente individual y cuando ello se logra, el personaje sufre unas condiciones que demarcan la ruta por la que él quiere se le conduzca. En este punto, el personaje camina libre, el personaje le da vida a la historia; entonces, el personaje es típico, no tiene valor en si mismo, su valor lo adquiere en la lectura porque encarna ciertos estados sociales bien sea en decadencia o en pleno furor.

El reconocimiento

Cada letra usada con la que se armaban las frases, las oraciones y los párrafos para contar los fue pensada para reivindicar la memoria campesina; imaginando cómo plasmar de manera reflexiva, una realidad entendiendo al campesino como el centro del deber ser. Por ello, fue necesario sacar a la luz con estas crónicas iniciales, las preocupaciones campesinas y su sufrimiento.
Así pues, las crónicas mostraron cómo una comunidad excluida luchaba contra el hambre y trataba de sobrevivir en medio del olvido, una labor silenciosa y cargada de resignación. Fue un trabajo en el que se dieron tres elementos clave: el tratamiento al tema rural alejado del romanticismo y su idealización; la manera como se miraba la reivindicación social y el desinterés de sus personajes de integrar el mundo urbano.
Las primeras publicaciones buscaron la denuncia; las siguientes, no pretendieron reformas o reivindicaciones o fijar posiciones regionalistas o culturales. Buscaron mantener vivo en el recuerdo de los públicos, los avatares del campesino en un país en conflicto donde el hombre depende de su entorno geográfico, en este caso de la selva, el valle o el llano.

CONCLUSIONES

Con esta narración busco mantener vivas en mi recuerdo, las historias que escribí en mi época de reportera para contarle al país situaciones que confirmaban un conflicto armado en unas zonas específicas, pese a que en esos mismos momentos se trataba de noticiar la paz del país, también rendir homenaje a unos seres que trataban de sobrevivir en un lugar donde los ojos del Estado no miraban.

En este documento están sustentadas las razones que demuestran por qué la novela Zumbe, su centinela es el resultado de un proceso de investigación que invita al diálogo y a la reflexión.

Aquí también narro cómo unos personajes con pocas letras del alfabeto y con suspiros son capaces de armar leyendas, de contar unas experiencias que van y vienen en el recuerdo que los mantiene vivos.

Desde esas necesidades y desde la multiplicidad de las fuentes utilizadas explico como se construyeron unos personajes como sujetos políticos en una novela que atraviesa la cultura, que cruza distintos niveles de producción para los que fueron fundamentales lecturas como “De los medios a las mediaciones”, de Jesús Martín Barbero, capítulo Estructura Dramática y Operación Simbólica. Aportes que permiten concluir que para que haya espectáculo se deben despertar sentimientos como la risa, el miedo, el entusiasmo, la lástima y crear sensaciones que pueden ser terribles y excitantes. Es este espectáculo el que trato de explicar en este documento.

Con Zumbe, su centinela, abrigo a unos personajes que, desesperados, botan el machete, el hacha y el azadón y se cambian sus prendas manchadas de plátano, café y aguacate por el camuflado como una manera, no la más fácil ni la más acertada, para encontrarle sentido a sus vidas, dando cabida a otros, que sufren y guardan luto en esos terrenos de la guerra, convirtiendo a uno de sus protagonista, aquel que un amanecer dio un paso fuera de su lecho, en un soñador, para unos equivocado y, para otros un ejemplo.

Por último, destaco que en ese proceso de narración descubrí que, tal y como lo señala el maestro Carlos Eduardo Valderrama en su texto Escuela y Formación Ciudadana en la Sociedad de la Información
[1], son tres los componentes clave de la relación entre la comunicación y la ciudadanía y que jugaron un papel fundamental para llegar a Zumbe, su centinela: el diálogo, la narración y la hermenéutica.

Pero… ¿por qué? Mi explicación es sencilla: solo a través del diálogo pude construir confianza para desenredar unas narraciones que me permitieron entender unas posturas filosófico-políticas en cada una de las personas entrevistadas y en cada una de las lecturas analizadas para sustentar este proceso. Hoy puedo concluir que en mis entrevistados y diálogos no encontré respuestas que me dieran la certidumbre que genera el sabernos reconocidos e incluidos. Mi experiencia la marcó la duda, esa que me permitió construir personajes que deben ser revelados para no olvidar nuestra historia.

Así pues, concluyo que en el ejercicio ciudadano y de la convivencia de nuestra sociedad el dialogo y la narración son sordos, no obstante, unidos a la hermenéutica, venden la relación entre comunicación y ciudadanía.

BIBLIOGRAFÍA

BARBERO, Jesús Martín. “De los medios a las mediaciones”. Capítulo tres, Editorial Convenio Andrés Bello. Julio de 2003.

ECO, Umberto. Apocalípticos e integrados. Edit. Lumen. Capítulo “Los personajes”. Mayo de 2004.

HAVELOCK, Erick A. La Musa aprende a escribir. Edit. Paidós Iberia, S.A. Buenos Aires. 1996.

Separata El Tiempo Cundinamarca. Casa Editorial El Tiempo, sábado 16 de noviembre de 1995.

VALDERRAMA, H. Carlos E. Escuela y Formación Ciudadana en la Sociedad de la Información.