Soy hija de un risaraldense que nació en 1912, un hombre que de niño soportó los embates de la justicia porque sus padres se dedicaban al cultivo, entonces ilegal, de la hoja de tabaco. Mi abuelo había sido militar y murió odiando la guerra y amando lo que calificaba el ‘noble oficio de cuidar la tierra’. Mi abuela fue una indígena que sentía un deber el proteger a sus hijos, ser fiel a su marido, y estar siempre de la mano de su Dios.
Mi padre, Oscar Herrera Valencia, hombre inquieto y con gusto por la buena vida, esa que nunca pudo disfrutar pues los pesos que ganó los gastó en trago y en mujeres, huía del oficio que conlleva el cuidado del campo tal y como lo entendían sus viejos; entonces, en su incipiente juventud dejó su hogar y buscó abrigo en los resguardos de los aborígenes para aprender los conocimientos de los sabios, esos que le enseñaron los alivios que ofrecen al cuerpo y al espíritu las plantas medicinales. Este fue el inicio de un culebrero, según él un lector de la mente, un telépata; para otros un brujo y un estafador para la justicia.
Elvia Reyes López es el nombre de la mujer que me recibió con meses de nacida, pues mi progenitora por andar en los oficios de la guerra no tuvo tiempo para ser madre. Elvia es una campesina que cansada del maltrato familiar, un día, muy niña, escapó de la finca de sus padres en Cundinamarca, para nunca más volver. Ella y mi padre se conocieron en Armenia, Quindío; los dos hicieron seis hijos que cuidaron con lo que ganaba él vendiendo suerte, sueños y esperanza. para ella como para él, la palabra siempre fue sagrada.
Ese fue mi hogar hasta los once años, época en la que arruinado y comido por una tuberculosis murió el “Mago Oscar Dine”, dejando una prole al cuidado de una mujer desesperada por las deudas y perseguida por seis muchachitos hambrientos y desnudos.
Desde entonces me rebusqué la vida, trabajé en casas de familia como empleada doméstica, y un día, cuatro años después, me llegó el amor y con él un hombre que entendió mis ganas por conocer otras fronteras. Su apoyo fue definitivo para mí, que a los 16 años fui madre por primera vez. Acompañada por mis dos hijos regresé al estudio, terminé el bachillerato, hice mi universidad e incluso hasta participé en la política. Fue en este último periodo, ejerciendo el periodismo que empecé descubrir esa otra Colombia que en algunos de sus pedazos se parecía a la que yo había probado en mis días de niña y adolescente.
Mi padre, Oscar Herrera Valencia, hombre inquieto y con gusto por la buena vida, esa que nunca pudo disfrutar pues los pesos que ganó los gastó en trago y en mujeres, huía del oficio que conlleva el cuidado del campo tal y como lo entendían sus viejos; entonces, en su incipiente juventud dejó su hogar y buscó abrigo en los resguardos de los aborígenes para aprender los conocimientos de los sabios, esos que le enseñaron los alivios que ofrecen al cuerpo y al espíritu las plantas medicinales. Este fue el inicio de un culebrero, según él un lector de la mente, un telépata; para otros un brujo y un estafador para la justicia.
Elvia Reyes López es el nombre de la mujer que me recibió con meses de nacida, pues mi progenitora por andar en los oficios de la guerra no tuvo tiempo para ser madre. Elvia es una campesina que cansada del maltrato familiar, un día, muy niña, escapó de la finca de sus padres en Cundinamarca, para nunca más volver. Ella y mi padre se conocieron en Armenia, Quindío; los dos hicieron seis hijos que cuidaron con lo que ganaba él vendiendo suerte, sueños y esperanza. para ella como para él, la palabra siempre fue sagrada.
Ese fue mi hogar hasta los once años, época en la que arruinado y comido por una tuberculosis murió el “Mago Oscar Dine”, dejando una prole al cuidado de una mujer desesperada por las deudas y perseguida por seis muchachitos hambrientos y desnudos.
Desde entonces me rebusqué la vida, trabajé en casas de familia como empleada doméstica, y un día, cuatro años después, me llegó el amor y con él un hombre que entendió mis ganas por conocer otras fronteras. Su apoyo fue definitivo para mí, que a los 16 años fui madre por primera vez. Acompañada por mis dos hijos regresé al estudio, terminé el bachillerato, hice mi universidad e incluso hasta participé en la política. Fue en este último periodo, ejerciendo el periodismo que empecé descubrir esa otra Colombia que en algunos de sus pedazos se parecía a la que yo había probado en mis días de niña y adolescente.
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