Allí todo se confabula para hacer nacer en medio de este caos la libertad de Zumbe, ese que se esconde mi palabras, que no quiere dejarse ver en mi pensamiento, o desde mi piel, en nuestra tierra, en mis colores y que al final se refugia en la selva, en el metal, o en lo más íntimo de mi er.
Fragmento Centinela
Uno
Una ráfaga de disparos detuvo nuestra marcha.
Certero fue el sonido, se comió su eco. Llegó el
silencio, espantaba; era tan profundo y negro que
hirió de muerte mis pensamientos. La siguiente
ráfaga me sorprendió tirada sobre el pasto y fue
ahí cuando el horror me hizo sentir que entre mi
piel y mi esqueleto se desplazaba una colmena de
enloquecidas avispas. Mi cuerpo brincaba. Quise
mirar pero mis ojos desobedecieron.
Otra vez el silencio y de nuevo ese grito de las armas pulsando mí cuerpo, haciéndolo doler. Rogué para que la tierra se abriera y que al tragarme salvara mi vida de ese momento horrendo. No se abrió pero desprendió un alarido para decirme que a veces la vida nos pone frente a la muerte. Aullé y no pude escucharme. Solo al advertir mi mudez fui capaz de girar la cabeza y confirmar mi realidad. Descubrí que a ustedes también les brincaba la piel y que desde ahí nadie debía hacer un disparo. Yo no entendía quién disparaba, a quién se atacaba o de dónde salían las balas; las personas que acompañaba también me asustaban. Es que todo en ellas estallaba así como mi cuerpo; sus fosas nasales se hinchaban y hasta temblaban. Las armas de estos hombres y mujeres empezaron a respirar y en los gatillos sus índices fueron presa de un temblor que adelantó mi tiempo: los vi desocupar la vida con la
munición de sus fusiles. Vivíamos el mismo infierno.
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