viernes, 13 de junio de 2008

CENTINELA

El zumbido de las palabras acecha, vigila, no da libertad, todo lo convierte en un caos narrativo; escribir, escribir, sí, escribir es la mejor manera para huir de esta sensación que acorrala. Escribiendo empuño el temor de ver mis pensamientos, mis manos, mi cuerpo, mi recuerdo del hoy, del ayer, de siempre, escribiendo mezclo letras y tintas que se convierten en una sarta de páginas que con magia, se alimentan de esos zumbidos que dan formas, color y vida a ese Zumbe inundado de diálogos, de gestos y miradas, de lugares y paisajes, de sabores y olores. 

Allí todo se confabula para hacer nacer en medio de este caos la libertad de Zumbe, ese que se esconde mi palabras, que no quiere dejarse ver en mi pensamiento, o desde mi piel, en nuestra tierra, en mis colores y que al final se refugia en la selva, en el metal, o en lo más íntimo de mi er.

Fragmento Centinela
Uno
Una ráfaga de disparos detuvo nuestra marcha. Certero fue el sonido, se comió su eco. Llegó el silencio, espantaba; era tan profundo y negro que hirió de muerte mis pensamientos. La siguiente ráfaga me sorprendió tirada sobre el pasto y fue ahí cuando el horror me hizo sentir que entre mi piel y mi esqueleto se desplazaba una colmena de enloquecidas avispas. Mi cuerpo brincaba. Quise mirar pero mis ojos desobedecieron.

Otra vez el silencio y de nuevo ese grito de las armas pulsando mí cuerpo, haciéndolo doler. Rogué para que la tierra se abriera y que al tragarme salvara mi vida de ese momento horrendo. No se abrió pero desprendió un alarido para decirme que a veces la vida nos pone frente a la muerte. Aullé y no pude escucharme. Solo al advertir mi mudez fui capaz de girar la cabeza y confirmar mi realidad. Descubrí que a ustedes también les brincaba la piel y que desde ahí nadie debía hacer un disparo. Yo no entendía quién disparaba, a quién se atacaba o de dónde salían las balas; las personas que acompañaba también me asustaban. Es que todo en ellas estallaba así como mi cuerpo; sus fosas nasales se hinchaban y hasta temblaban. Las armas de estos hombres y mujeres empezaron a respirar y en los gatillos sus índices fueron presa de un temblor que adelantó mi tiempo: los vi desocupar la vida con la munición de sus fusiles. Vivíamos el mismo infierno.

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