Fue en Radionet donde descubrí con llanto en mis ojos que Zumbe seguía latente, que no era solamente una vereda, que estaba en todos aquellos lugares del país donde la guerra y el Estado negaban al sujeto, negaban la ciudadanía y la desterraban en su propia tierra.
Descubrí que Zumbe era el abuelo secuestrado, el guerrillero que con sus balas, cilindros de gas y sus discursos en contra del establecimiento pensaba que hacía justicia y en cambio pintaba de luto a muchos hogares; que Zumbe era el paramilitar que con sus desaparecidos, masacres, y motosierras decía apoyar a un Estado democrático en su lucha contra la insurgencia, maltratando y persiguiendo a quienes consideraba militantes o auxiliadores de su enemigo o simplemente, dejaba fuera de su camino a quien se le interpusiera para evitar que su poder económico y político siguiera extendiéndose a lo largo y ancho del país e infiltrando los poderes del Estado.
Ese encontrar me obligó, en un acto de solidaridad solitaria, a marcar en mi almanaque de periodista aquellas fechas en las que las noticias hablaban de grandes masacres y éxodos campesinos; mi propósito era ponerle rostro y nombre a los que por fuerzas mayor, bloqueaban una vía, se tomaban un ministerio, una escuela, la sede de una Alcaldía o caían en las acciones criminales de los violentos.
Descubrí que Zumbe era el abuelo secuestrado, el guerrillero que con sus balas, cilindros de gas y sus discursos en contra del establecimiento pensaba que hacía justicia y en cambio pintaba de luto a muchos hogares; que Zumbe era el paramilitar que con sus desaparecidos, masacres, y motosierras decía apoyar a un Estado democrático en su lucha contra la insurgencia, maltratando y persiguiendo a quienes consideraba militantes o auxiliadores de su enemigo o simplemente, dejaba fuera de su camino a quien se le interpusiera para evitar que su poder económico y político siguiera extendiéndose a lo largo y ancho del país e infiltrando los poderes del Estado.
Ese encontrar me obligó, en un acto de solidaridad solitaria, a marcar en mi almanaque de periodista aquellas fechas en las que las noticias hablaban de grandes masacres y éxodos campesinos; mi propósito era ponerle rostro y nombre a los que por fuerzas mayor, bloqueaban una vía, se tomaban un ministerio, una escuela, la sede de una Alcaldía o caían en las acciones criminales de los violentos.
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